ARTEMIO ESTRELLA

quo vadis?

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Puta santa

Publicado por Artemio Estrella on Marzo 14, 2008

PecadoPor qué te resististe, cuál es la medida de tu pecado. Tan solo deseaba eso, no más. Pero no, no quisiste ser participe de mi obra. ¡Te creíste una santa!, ¡si eres una puta!

Cuál es la diferencia, ahora esperaría que me lo dijeras, ¡pero que estúpido!, ahora quiero pedirte explicaciones.

Tú, tú que hacías hombre al jovencillo, que acompañado de su “padrino” te entregaba su inocencia. Tú que te vendías por unas cuantos gotas de sudor y que con sudor remojabas tu piel y tus entrañas; con ese sudor mal oliente, transpirado por borrachos taverneros. Mujer nocturna, amante de ángeles endemoniados. Tú, que siendo una puta cualquiera, te creíste la mejor de las hijas del Creador.

Día con día pecaste, noche tras noche maldejiste a tu Dios con tus acciones. Tu vida fue la razón de que tu dios haya muerto. ¡Es por eso que no entiendo!

Y ahora aquí me tienes, con este manto sagrado que rechazaste, con un abre cartas ensangrentado, con una prostituta santa en el suelo. Con la ilusión de encontrar a una mujer más perra que tú, que se atreva a cumplir mi fantasía: que se vista de la Virgen María, que permita ser ungida en aceite bendito y acepte que me la fornique, personificando al mismo Jesucristo. Incesto divino, esa es mi fantasía, ¿es mucho pedirle a una maldita mujer de la calle?

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Católicas por el derecho a decidir

Publicado por Artemio Estrella on Abril 24, 2007

Y entrando el ángel Gabriel en donde María estaba, dijo: ¡Salve, muy favorecida! El Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres. Cuando María le vio, se turbó por sus palabras, y pensaba qué salutación sería esta. María, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios. Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS. Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.

En aquellos días, levantándose María, fue de prisa a la montaña, a una ciudad de Judá; y entró en casa de Zacarías, y saludó a Elisabet. Y aconteció que cuando oyó Elisabet la salutación de María, la criatura saltó en su vientre; y Elisabet fue llena del Espíritu Santo, y exclamó a gran voz, y dijo: Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre. Entonces María dijo:

Mi alma está quebrantada;
Y mi espíritu llora por la carga que Dios me ha encomendado.
Porque ha comprometido la libertad de su sierva;
Pues he aquí, desde ahora todas las generaciones me dirán la desdichada, la sufrida.
Porque me ha hecho esto el Poderoso;
Impronunciable es su nombre,
Y su carga es de generación en generación
A los que le sufren.
Hizo proezas con su brazo;
Esparció a los soberbios en el pensamiento de sus corazones.
Quitó de los tronos a los poderosos,
Y a los humildes, nos hace esto.

Y llegada la noche, María salió a escondidas de casa de Elisabet; y aconteció que al llegar al río Jordán, María sacó de entre sus ropas una raíz, y la tragó. Y sucedió que el vientre de la virgen comenzó a retorcerse, y María gritaba al Dios Todopoderoso: no es mi deseo seguir manteniendo esta carga, mi Señor. Y en compañía de la oscuridad que ofrecía una Luna nueva, María abortó.

Y entonces, un espíritu que descendía de la Luna como lechuza, se posó sobre el feto y se lo comió.

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¿En quién confiar?

Publicado por Artemio Estrella on Marzo 27, 2007

PecadoNo confío en una persona que cree que todos sus pecados le han sido perdonados, tan solo por agachar la cabeza y derramar algunas lágrimas.

Tampoco confío en aquella persona que cree que dejando de hacer el mal, encontrará el camino de salvación.

Mucho menos puedo confiar en esa persona que los sábados o domingos repite rezos, canta cánticos de alabanza y adoración, da su ofrenda, y con ello, cree haber recibido las dádivas del espíritu de Dios.

Solo puedo depositar mi confianza, en aquellas personas que procuran hacer las cosas bien sin necesidad de gritarlo a los cuatro vientos. Pero que resplandecen con tanta luz, que dejan en evidencia a todos aquellos hipócritas en los que no se debe confiar.

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¿Es la búsqueda individual de la libertad, egoísta?

Publicado por Artemio Estrella on Enero 25, 2007

“No es por la benevolencia del carnicero, del cervecero y del panadero que podemos contar con nuestra cena, sino por su propio interés.”
Adam Smith (1723-1790) (La riqueza de las naciones)

Las personas o grupos que se oponen a la búsqueda individual de la libertad tratan con frecuencia el demostrar que la pobreza en el mundo es causada por el egoísmo del liberalismo. Adam Smith, un economista inglés nacido en 1726 (padre del liberalismo económico), publicó en el año de 1776 una obra titulada “Ensayo sobre la riqueza de las naciones”; en su obra, Adam Smith proponía que en todo ser humano existe un egoísmo intrínseco, que al dejarlo actuar libremente genera un ambiente económico equilibrado.

No me atrevo a decir que Adam Smith se equivocó al usar la palabra egoísmo, yo hubiese usado amor propio; lo que si puedo decir, es que los opositores a la libertad la han usado como “la gran falla” de la ideología liberal. Un ejemplo del egoísmo intrínseco del que hablaba Adam Smith, es tratado en el mismo cristianismo cuando se hace referencia de la existencia de dicha clase de egoísmo o amor propio: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” Marcos 12:31 (las negritas son por parte mía, el extracto lo obtuve de la Biblia versión Reina-Valera 1995)

Lo que nunca explican los opositores a la libertad cuando atacan al liberalismo, es que el egoísmo intrínseco que propone Adam Smith, no es el único móvil para regular a la economía. El egoísmo en su más pura expresión genera envidia, odio, robo, esclavitud, homicidio, etcétera; por esto, la propuesta del liberalismo económico contempla también el respeto a la propiedad.

De hecho, una de las palabras claves del liberalismo es respeto, así podría amalgamar la frase: “busca tu propio bien, pero respeta el de los demás”.

Aún así, los antiliberales creen que es injusto e inmoral que una persona se enriquezca más que otras. Es entonces que buscan regular la economía para impedir el incremento del capital individual (los políticos antiliberales usan mucho la palabra regular, en lugar de usar la expresión delimitación de las libertades individuales). Para lograr esto, los políticos totalitarios proponen adjudicar al Estado el derecho de controlar la economía y que sea el mismo Estado el que decida a que sectores sociales hay que enfocar los recursos económicos.

Pero si los políticos antiliberales creen que el liberalismo falla porque estimula el crecimiento individual a costa del empobrecimiento de los demás ¿cómo garantizan que en el estatismo, el Estado no va a crecer descomunalmente a costa del empobrecimiento de los ciudadanos?, No lo pueden garantizar, porque la historia nos a enseñado que los gobiernos totalitarios crecen demasiado, conforme van empobreciendo al país. ¿No es a caso egoísta que el Estado se quiera adjudicar todo el derecho de manejar la economía y de “ayudar” a quienes crea correcto beneficiar?

En un ambiente libre pueden existir muchas fallas. Incluso, porque no, puede existir gente tan egoísta que piense que su dinero no se lo debe dar a nadie más; como también hay personas que su capital lo invierten en obras de beneficencia; cada persona decide a quien beneficiar y cada persona decide que uso le da a sus bienes; siempre respetando los bienes de los demás. Y no por las faltas de algunos, es justo que se quite la libertad a todos.

Los países libres tienen más riqueza que los países con menos índices de libertad. No es culpa de los países libres, que sus ciudadanos tengan mejores oportunidades; es culpa de los gobiernos opresores y totalitarios de los países pobres que no dejan a sus ciudadanos gozar de los beneficios que trae la libertad.

Sobre la pregunta que hace este post: ¿Es la búsqueda individual de la libertad, egoísta?, Siendo el egoísmo una manifestación del orgullo, creo que los opositores de la libertad son egoístas al creer que la humanidad en lo general es incapaz de manejar su libertad individual, ¿A caso solo una casta de seres humanos intelectuales es capaz de controlar a una sociedad y llevarla por buen camino?

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En el principio

Publicado por Artemio Estrella on Enero 24, 2007

En el principio fue la Oscuridad y el que Es –como se llama así mismo la Oscuridad– con su pensamiento creó a una entidad llamada Luz. Luz se convirtió en el portavoz del que Es y se le encomendó hacer todas las cosas.

Fue así como Luz lanzó una chispa, una chispa con leyes y reglas para la autocreación de objetos animados y autónomos; así es como se creó el universo, los soles, los planetas y la vida. Esto no era suficiente para los planes del que Es, así que le ordenó a Luz crear un ser semejante a ellos.

En un momento en el tiempo, Luz envolvió a Tierra. Tierra es la más bella de los desprendimientos de la chispa, la elegida de Luz. Tierra en ese tiempo era salvaje, voluble y temperamental, y sabía que se había convertido en el deseo de Luz. Desde entonces, Luz comenzó también a ser nombrado Amor.

Amor, con su gran falo de fuego penetró a Tierra; Tierra se vio sacudida e invadida tan de pronto, hubo terremotos, erupciones e inundaciones, especies desaparecían y aparecían nuevas en tan solo algunos segundos de tiempo universal. La lindura de Tierra cambió en esos momento, toda su hermosura se transformó en belleza erótica, causa del fuego que después se conoció como pasión. Tierra tuvo un estallido orgásmico que causo su división y Amor derramó en ella chorros eyaculatorios ardientes que fertilizaron a Tierra. De la semilla de Luz y el poder dador de vida de Tierra, nació lo que conocemos como Conciencia; un ser nacido del magma y moldeado por las manos de Luz cuando fue lava.

Fue así como nació un maravilloso ser, aquel que fue la primera conciencia que caminó sobre la faz de la Tierra. Aquel ser al que se le denominó: Hombre.

Amalgama entre dos relatos anteriormente publicados:

En el principio I

En el principio II

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La obra maestra de Dios

Publicado por Artemio Estrella on Enero 24, 2007

Dios

Y acabó Dios en el día séptimo la obra que hizo. Y contempló Dios su creación, y se regocijó en ella, pues toda la divina perfección de su Ser había quedado plasmada en esta. Y bendijo Dios al día séptimo, y lo santificó. Cuando Dios hubo dádose cuenta que su creación ya no lo necesitaba, dijo: Consumado es. Y habiendo cerrado los ojos, murió.

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En el principio II

Publicado por Artemio Estrella on Enero 5, 2007

En un momento en el tiempo, Luz envolvió a Tierra; Tierra en ese tiempo era salvaje, voluble y temperamental, y sabía que se había convertido en el deseo de Luz. Desde entonces, Luz comenzó también a ser nombrado Amor.

Amor, con su gran falo de fuego penetró a Tierra; Tierra se vio sacudida e invadida tan de pronto, hubo terremotos, erupciones e inundaciones, especies desaparecían y aparecían nuevas en tan solo algunos segundos de tiempo universal. La lindura de Tierra cambió en esos momento, toda su hermosura se transformó en belleza erótica, causa del fuego que después se conoció como pasión. Tierra tuvo un estallido orgásmico que causó su división y Amor derramó en ella chorros eyaculatorios ardientes que fertilizaron a Tierra. De la semilla de Luz y el poder dador de vida de Tierra, nació lo que conocemos como Conciencia; un ser nacido del magma y moldeado por las manos de Luz cuando fue lava.

Este ser fue la primera conciencia que caminó sobre la faz de la Tierra, un ser que nació de la unión de lo espiritual con lo material.

Un complemento de este relato o narración:

En el principio I

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La Mujer y la Luna

Publicado por Artemio Estrella on Diciembre 29, 2006

Luna

Cuando Dios creó al hombre, lo hizo con polvo que tomó de la Tierra.

Dicen los viejos, más viejos que los viejos, que la mujer fue creada con la costilla del hombre. La realidad no fue así. Lo cierto es que Dios creó a la mujer con polvo de Luna.

Por eso cuando los hombres enamoramos a nuestra mujer, nos inspiramos con la Luna, pues en ella percibimos la escencia misma de su feminidad y su belleza.

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En el principio I

Publicado por Artemio Estrella on Diciembre 19, 2006

En el principio fue la Oscuridad y el que Es –como se llama así mismo la Oscuridad– con su pensamiento creó a una entidad llamada Luz. Luz se convirtió en el portavoz del que Es y se le encomendó hacer todas las cosas.

Fue así como Luz lanzó una chispa, una chispa con leyes y reglas para la autocreación de objetos animados y autónomos; así es como se creó el universo, los soles, los planetas y la vida. Esto no era suficiente para los planes del que Es, así que le ordenó a Luz crear un ser semejante a ellos.

Luz fornicó con Tierra. Tierra es la más bellas de los desprendimientos de la chispa, la elegida de Luz. De la fornicación nació un ser al que se le denominó Hombre.

Un complemento de este relato o narración:

En el principio II

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¿Quién es dios?

Publicado por Artemio Estrella on Diciembre 11, 2006

– Sus últimas palabras antes de morir — le dijo el juez a Mateo, segundos antes de que sobre Mateo cayera la afilada y pesada sentencia.
– ¡Lo único que deseo decir y preguntar! — gritando dijo — ¡Se me acusa de haber ofendido al Visitador y Portador de la Fe por tan solo decirle que es estúpido creer en dios y peor aún, en su existencia! ¡Todos ustedes me ofenden por su estupidez! ¿los puedo yo acusar a todos por ofender mi creencia en la no existencia de un ser divino?

Con una señal cayó la rigurosa sentencia sobre el cuello de Mateo. Todos se regocijaban y alababan a Dios; el Visitador y Portador de la Fe respiraba tranquilidad; el juez se secaba el sudor de la frente. Un niño se aferraba a la falda de su madre, mientras por su cabeza revoloteaba una pregunta insistente y punzante: “¿Quién es dios?”

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Luces en el agua

Publicado por Artemio Estrella on Noviembre 28, 2006

La Navidad estaba cerca y no era nada prometedora. Tenía entonces ocho años, a tan escasa edad ya comprendía muchas cosas, talvez demasiadas. Mi padre se había quedado sin empleo justo iniciado el mes de diciembre; ¿saben lo que significa perder el trabajo en el mes de la navidad?, Yo lo entendí en ese entonces, aunque de una manera errónea. Entendía que la navidad no significa nada, cuando un calentador de agua sin gas le hace frente a un invierno frío. Mis padres habían migrado a esta gran ciudad desde jóvenes, se conocieron en la Universidad y el futuro parecía prometedor. Ambos eran de ciudades muy pequeñas dentro del país, mi madre provenía de un pueblo mucho más chico que el de mi padre. Ese año no había sido bueno para la familia, mi madre no trabajaba, las vacantes escaseaban y los pocos empleos eran mal pagados. La vida en la gran ciudad, era en la misma medida, cara.

Una mañana, recibimos una llamada. Era mi abuelo, el padre de mi mamá. El abuelo no acostumbraba hablar a casa, mi madre siempre lo llamaba a él, pero al abuelo le pareció extraño no recibir llamada en las últimas dos semanas. Recuerdo que ese día era miércoles y faltaban cinco días para la navidad. Mis padres eran orgullosos y en especial mi madre, así que ella se inventó mil excusas para no decirle al abuelo que la estábamos pasando mal; solo que el abuelo, con su amor de padre intuía en su corazón lo que estaba pasando, sin embargo no dijo nada, se limitó a enviar saludos a mi padre y a mí, y terminó la llamada. A mí me pareció extraño, me dolió un poco que mi abuelo no quisiera hablar conmigo, pero fui fuerte y no reclamé, ni lloré, no mencioné palabra alguna.

¡Pero en la noche de ese mismo día, alguien tocó a la puerta!, Mi corazón latió como nunca, sabía quien era; en mi mente hubo respuestas inmediatas: mi abuelo había terminado la llamada de la mañana, porque la prontitud por reconfortar a su familia lo apremiaba. Corrí hasta la puerta y la abrí, ¡lo sabía, era mi abuelo!

– ¡Abuelo, abuelito! – lo abracé y lo besé, con mucha emoción
– ¡Hola hijo!, ¿Cómo ha estado mi retoño de roble? – mi abuelo siempre me llamaba así, aunque lo cierto es que él si era como un roble, viejo, pero fuerte y grande
– Bien abuelito, bien – en ese momento llegaba mi madre, sorprendida por la llegada de su papá.
– ¡Pero qué haces aquí! – mi madre reflejaba una gama de sentimientos en su cara, extrañeza, alegría, tristeza, nostalgia. Lo abrazó fuerte y lo besó, por instantes dejé de ver a la madre y en lugar de ello observé a la hija, era como una niña que necesitaba de su padre. El orgullo se había borrado del corazón de mi madre y junto con ello unas lagrimas refrescaron su angustia.
– Vengo a llevármelos al rancho, a pasar la Navidad en el campo, la puerca está por dejar a unos marranitos y haremos algunos en barbacoa, junto con un par de guajolotes en mole y algunos cabritos. No tienen pretexto para no ir, ya estoy aquí y en este mismo momento nos vamos; por cierto ¿dónde está tu marido?
– Él salió a dejar unos resúmenes de trabajo, pues lo despidieron, pero seguro que no tardará en conseguir un buen empleo.
– Pues ya buscará trabajo el próximo año, porque el resto del mes se van a quedar en mi casa, tu madre está entusiasmada con la idea y ya está preparando todo. Que tu marido conduzca hasta el pueblo, yo estoy cansado de conducir todo el día.

El viaje desde la ciudad hasta el pueblo de mi abuelo, era de al rededor de unas ocho horas en auto. Yo estaba deseoso de que papá regresará para poder irnos. La familia de mi madre eran personas muy humildes, con esto no me refiero a que fueran pobres, sino que tenían solamente lo que necesitaban y no requerían más. Mi abuelo tenía su granja de animales y su campo de cultivo, comerciaba algo de lo poco que producía y con eso era más que suficiente para vivir tranquilamente. Además, a lo largo de sus años, había ahorrado lo suficiente para su vejez.

Por fin papá llegó, se alegró de ver a su suegro y también le causó algo de sorpresa, lo saludó efusivamente, mi abuelo le dio un buen apretón de manos y una palmada en la espalda. Después de platicar un rato, tomar café y yo de no parar de abrazar a mi abuelo, mientras mi mamá se dedicaba a preparar las cosas para el viaje. En el tiempo previo a salir, se sentía una calidez en la casa, talvez la alegría que vino a traernos el abuelo nos despertó un poco e incluso el futuro se percibía diferente.

Iniciamos el viaje en la vieja camioneta van del abuelo, yo me senté atrás con él, mi padre conducía y mi mamá lo acompañaba. Yo estaba tan tranquilo que el sueño me invadió tan de pronto. Antes de quedar dormido completamente, hice una oración en silencio, tan solo le di las gracias a Dios por traernos una luz en la oscuridad, le dije que no esperaba nada más, todo estaba dado. Me dormí y no supe nada más de mí, hasta llegar al rancho, donde me esperaba algo inolvidable.


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Cuándo por fin llegamos a casa del abuelo, ¡fue todo como un golpe de alegría!, Estaban allí tíos y tías, primos que no había visto desde un par de años y primitos chiquitos que yo no conocía, los abuelos habían preparado todo con tiempo y allí estaba toda la familia de mi madre; hubo abrazos, besos, llanto de alegría, hasta mis padres se veían más jóvenes, descargados de presiones y yo me sentía un niño afortunado de tener a tan linda familia. Pronto todos los primos me llevaron a pasear por la granja, a ver a los animales, a jugar y a correr por las praderas. Ese día fue genial, lo disfruté mucho, pero no duró, rápidamente cayó la noche, pero no importaba porque quedaban muchos días más. Esa noche volví a dar gracias a Dios, platiqué un rato con él y le dije nuevamente que no necesitaba nada más. A la mañana siguiente, la abuela nos despertó con el espeso olor de un pastel recién horneado y chocolate espumoso. En instantes, la mesa de la cocina estaba rodeada de niños goloso esperando su porción de pan y su taza de chocolate.

– Desayunen bien, porque le tienen que ayudar al abuelo a pizcar maíz – nos recomendó la abuela. En el rancho del abuelo no hay privilegios, todos tenemos que contribuir de una manera u otra mientras estemos allí, la pereza es algo que el abuelo no soporta.
– ¡Bien, vamos a pizcar maíz!, ¡Y después le decimos al abuelo que nos lleve para el río! – gritó uno de mis primos de emoción, el mayor de todos. Cerca del rancho, hay un río muy grande, tupido de grandes árboles de sabino. Es tradición que ir al río no es un simple paseo; ir al río implica hacer un festejo, con razón de nada, solo por ir al río.
– Bueno, si convencen a su abuelo de ir al río, yo voy a preparar pan de maíz para comer mientras está la cena – a mi abuela le entusiasmó mucho la idea, el río era el lugar ideal para “comadrear” con las hijas y nueras, mientras los hombres preparaban la cena.

Terminando de desayunar, todos los primos fuimos corriendo hacía las bodegas de maíz, el abuelo ya estaba allí trabajando junto con algunos de los tíos. Inmediatamente el primo mayor abordó al abuelo.

– Abuelo, dice la abuela que vamos a ir al río, y ella va a preparar pan de maíz y otras cosas – nada mejor que la astucia de mi primo para convencer al abuelo de hacer el paseo, aunque el abuelo no requería de tal astucia
– ¡Al río eh!, Por mucho que haya dicho la abuela, sino trabajan no hay río – inmediatamente allí estábamos todos los primos trabajando, unos pizcando el elote y los más grandes desgranándolo, otros recogiendo el rastrojo y apilándolo. Mientras, el abuelo le daba indicaciones a uno de mis tíos que escogiera tres cabritos para la cena en el río.

El trabajo era duro para un niño de ciudad, mis manos estaban ampolladas, pero no importaba porque la recompensa era grande. Eran las dos de la tarde cuando terminamos, nos organizamos para ir al río. Algunos tíos traían sus camionetas, otros iban a ir montando a caballo. Yo por supuesto preferí ir montando a caballo con uno de mis tíos. Cuando llegamos al río, el aire se sentía un poco frío, los rayos del sol no alcanzaban a penetrar completamente por la espesura de los árboles que todavía no perdían las hojas, se escuchaba el trinar de los pájaros y se respiraba frescura.

– Bueno niños, vamos a dar un paseo – el abuelo es un hombre que jamás está quieto, siempre tiene que hacer algo; además de que nos gusta dar ese paseo por el río, porque el abuelo siempre nos cuenta historias y no es aburrido, nunca cuenta lo mismo.
– ¡Sí, vamos! – gritamos todos entusiasmados.

Allí íbamos todos detrás del abuelo, escuchando sus historias. El tiempo no se sentía y la fatiga no llegaba, caminamos por mucho tiempo en contra del sentido de la corriente; yo tenía poco más de cinco años cuando fui al río por última vez, que yo recuerde, y no recordaba mucho acerca de lo que podría encontrar en él. El agua era cristalina, se veía incluso el fondo, parecía tan cerca el fondo del río, pero era engañoso porque en realidad era muy profundo. De momento, al doblar en una ligera curva en el camino, como en una fotografía de postal observé como los rayos del sol iluminaban una parte del lugar; era como una lluvia de sol sobre las sombras. Corrí hasta el lugar donde caían los rayos y quede asombrado, el lugar donde caían era como una pequeña bahía, no medía más de treinta metros en su parte más larga y sus aguas estaban placidas, casi sin movimiento. En las aguas, había algo que no me permitía cerrar los ojos, unos destellos hermosos se movían en lo profundo, eran como una especie de soles que resplandecían, a veces poco, a veces mucho; sus movimientos parecían asimétricos, pero con un cierto orden. De pronto mi corazón latía fuerte, me llené de alegría y paz, y esas estrellas brillaban cada vez más. De un momento a otro salí de una especie de trance, desperté y les dije a todos:

– ¡Vengan, vengan todos!, ¡Miren lo que estoy viendo!, ¡Son lucen en el agua! – estaba feliz, y brincaba, y reía, y gritaba “¡vengan, vengan a ver las luces en el agua!”

Todos los primos pequeños corrieron hacía mí, los grandes solo aceleraron el paso un poco y mi abuelo con una sonrisa seguía caminando a su paso.

– ¿Cuáles luces? – gritaban entusiasmados mis primos.
– ¡Esas, las que están en el fondo! – mi alegría no cesaba.
– ¿Dónde están esas luces? – preguntaron mis primos mayores.
– ¡Allí, miralas! – todos los primos miraron con atención, hubo silencio por un rato, hasta que alguien alzo la voz.
– Son solo peces plateados – el primo mayor de tajo rompió el encanto, eran peces plateados tan solo, simples peces plateados.

Pero los más chicos siguieron admirándolos con emoción, yo ya no tan emocionado les seguí poniendo atención. Ahora si, ya no veía esos soles radiantes, tan solo miraba a un conjunto de peces plateados en el fondo del agua.

– Muy hermosas luces en el agua – dijo el abuelo. El abuelo tenía una forma tan sabia de decir las cosas más simples, dándole a las palabras el tono adecuado, él si comprendió lo que yo sentí en ese momento.

El resto del día siguió siendo divertido, jugamos, bailamos, comimos, cenamos, los mayores bebieron vino y en la noche hicimos una gran fogata. El abuelo cerraba el día con un repertorio de buenas historias.

De regreso a la casa del abuelo, antes de dormir oré un poco diciéndole a Dios: gracias por lo que me has dado, me has hecho muy feliz el día de hoy, no necesito nada más.


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Esa noche tuve un sueño hermoso, caminando solo por el río llegué a esa pequeña bahía. Era todo igual, el mismo escenario, pero no había luces en el agua. A la entrada de la bahía se encontraba un bote de remos, de aspecto rustico; la madera de la cual estaba fabricado parecía muy fina, dura y pesada; El bote aunque no muy grande, daba la impresión de soportar grandes cargas. Me dirigí hacía él, lo abordé y comencé a remar; pronto la corriente del río comenzó a jalarme, con los remos evitaba chocar con la orilla. El recorrido parecía interminable, a veces me encontraba con claros iluminados, en otras los árboles tupidos de hojas no dejaban el paso del sol, de pronto el río se volvía salvaje y en otro momento tranquilo. El viaje por el río se volvió tan largo como una vida, hasta que una luz marcaba el final del río. Entré a un gran mar; no, era un océano; no, ni mar ni océano, era la misma inmensidad.
Me fui adentrando cada vez más en ese gran mar infinito, iluminado por una especie de sol gigante; el agua de ese mar era como cristal líquido y no se veía que tuviera fondo. El sol que iluminaba todo, a cada momento se hacía más y más grande, hasta que, simplemente todo estaba iluminado; Era como un hermoso día soleado, pero ya sin sol, era que ya estaba dentro de la misma luz.

– ¿Te gustaron las luces en el agua? – una voz que venía de todas partes me preguntó, era una voz que no se me hizo desconocida, aunque jamás la hubiese escuchado.
– ¡Si, me gustaron mucho! – le respondí de una forma tan familiar, sin temor – ¿eran tus ángeles? – le pregunté, está vez sí con algo de temor a equivocarme
– Yo prefiero llamarlos, mis mensajeros, me gusta hablar claro. Por cierto, ¿qué te dijeron?
– Nada, no dijeron nada, solo sentí cosas.
– Es la manera en la que ellos se comunican, por medio de los sentimientos, ¿qué te dijeron? – volvió a preguntar.
– Me dijeron que algo para mí tenían, una gran responsabilidad, la responsabilidad de dar felicidad a la gente que me rodea.
– Por eso tu corazón comenzó a latir fuertemente, ¿crees que es una gran carga?
– También me dijeron que esa responsabilidad se me había dado, porque Tú creías que yo podía soportarla.
– Y eso te llenó de felicidad, cuéntame más.
– Que tus bendiciones acompañan solo a los humildes.
– Sentiste paz en ese momento.
– Y me siento en gran paz ahora, sé que estoy durmiendo Señor, ya no quisiera despertar más, me gusta este lugar, pero es tu voluntad sobre la mía.
– Eres un retoño todavía, con el tiempo serás el árbol que sostenga a una nueva generación y no tan solo eso, harás cosas grandes, solo necesitas poner siempre atención a mis mensajeros. Duerme ahora, descansa.

En ese momento una inmensa tranquilidad invadió mi corazón y no supe de mí en muchos tiempos. Cuando desperté, ya había amanecido, de hecho era ya tarde. Me vestí y fui a la cocina, solo estaba mi abuela y me dijo que ya todos se habían desayunado; me sirvió pan y leche. Mientras me desayunaba, entro mi abuelo, me abrazo y me dijo:

– Buenos días mi pequeño retoño de roble, espero que hayas disfrutado el paseo en el río – dándole un tono adecuado a sus palabras, comprendí que el abuelo no se refería al paseo de ayer con todos los primos.
– ¡Lo disfruté, abuelo, lo disfruté! – abracé fuertemente al abuelo, lo besé y con una lagrima le agradecí que siempre estuviese atento a lo que su corazón le dictaba.

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Mis padres y yo, pasamos la navidad y el año nuevo en casa del abuelo; todo, fue fiesta y felicidad; Recibí regalos de los abuelos y de los tíos, aunque no los necesitaba y di gracias a Dios por eso.

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