Mi abuela Chayo
Publicado por Artemio Estrella on Mayo 5, 2008
Hay seres o personas queridas, también hay las muy queridas y más amadas. Mi abuela Chayo –de la cual no supe su nombre (Rosario) ya hasta que fui adolecente– fue una persona muy querida y amada por mí.
Soy malo para recordar fechas, la fecha de fallecimiento de mi abuela no la recuerdo, a tal grado que ni siquiera el año de su muerte me viene a la mente. Creo que hay cosas que no valen la pena recordar, no porque sean negativas o porque causen dolor, no, la muerte no es algo malo en todos los casos. Simplemente no recuerdo en qué año falleció y no me agrega ningún valor el recordarlo.
Hay cosas que me dejan más valor. Recordar los felices momentos que pasé con ella, eso siempre vale la pena traer a colación.
En los días posteriores a su fallecimiento, me perseguía un sueño recurrente: soñaba a mi abuela, pero esta no me hablaba. En el sueño yo sabía que ella ya no estaba más con nosotros, no me asustaba, pero si me molestaba, más no sabía por qué me causaba malestar. Una noche volví a soñar con ella, me acerque a ella y la tomé de sus manos. Sus manos estaban anormalmente frías, la solté y le dije autoritariamente “vete, tú ya no debes estar aquí, no me molestes más”. Fue la última vez que soñé con “esa abuela”.
He tenido más sueños donde mi abuela está presente, pero ya solo como un recuerdo, y no como alguien que ya ha muerto y vuelve en los sueños.
Nunca me sentí mal por ese sueño de la abuela con manos frías. Esa mujer –la del sueño de la abuela que no hablaba– no era mi abuela, era una recreación mía, pues yo mismo no entendía su ausencia.
Mi abuela –como la define una tía– era una mujer con una gran tradición oral, una mujer inteligente que siempre tenía algo sabio que decir. Era una cuenta cuentos, los inventaba muy bien; y por mucho, era una mujer cálida. El hogar de mi abuela daba la bienvenida a todos e infundía tranquilidad al invitado. Poco se veía TV y casi no se escuchaba la radio, se leía mucho y se charlaba más. Y vaya que se comía bien en su casa, huevos de pato o de gallina de su propio corral; una gallina en caldo o un pato en mole; tortillas de maíz o harina de trigo ¡recién hechas!
No recuerdo el año en que nos dejó, para qué. Lo que recuerdo, lo que recuerdo es lo que vale la pena: a la abuela, a la madre que nos enseñó tantas cosas buenas, a la mujer que nos dio felicidad. Recuerdo a mi abuelita Chayo, que ya no está, pero cuando estuvo entregó todo de manera incondicional.






Una película que deja a la espectativa sobre confiar o no confiar en nuestras autoridades; cuando desde el blanco de la justicia, hasta el negro de la criminalidad, existen grises matices que abarcan todo el espectro. Martin Scorsese, genialmente, lleva al espectador hacía una búsqueda de la identidad, tal vez, imposible de encontrar.
No he leído la novela de Patrick Süskind, pero la película ya la vi y está altamente recomendable. Trata de un joven con un sentido del olfato sumamente desarrollado, que se lanza a la búsqueda de una identidad y de la aceptación social, sin importar los medios para conseguir su objetivo.
Me pareció una historia contada muy lineal, sin embargo me gustó como Mel Gibson interpretó a la sociedad Maya. De ninguna manera creo que Apocalypto se trate de un documental o un hecho histórico, pero si me da otra perspectiva sobre como hay que ver a las sociedades antiguas.
Mayo 5, 2008 en 3:32 pm
Creo que la tuya es la mejor forma de recordar a los seres queridos. Me alegra descubrir que hay alguien que recuerda a su abuela del mismo modo que yo recuerdo a las mías.
Mayo 6, 2008 en 10:41 am
También creo que es la mejor forma y recomendaría que muchos lo hicieran así. A mis hijos no les inculcaría otra forma de rendirle homenaje –por así decirlo– a un ser querido que ya no está.
Saludos Ramón.