Hay seres o personas queridas, también hay las muy queridas y más amadas. Mi abuela Chayo –de la cual no supe su nombre (Rosario) ya hasta que fui adolecente– fue una persona muy querida y amada por mí.
Soy malo para recordar fechas, la fecha de fallecimiento de mi abuela no la recuerdo, a tal grado que ni siquiera el año de su muerte me viene a la mente. Creo que hay cosas que no valen la pena recordar, no porque sean negativas o porque causen dolor, no, la muerte no es algo malo en todos los casos. Simplemente no recuerdo en qué año falleció y no me agrega ningún valor el recordarlo.
Hay cosas que me dejan más valor. Recordar los felices momentos que pasé con ella, eso siempre vale la pena traer a colación.
En los días posteriores a su fallecimiento, me perseguía un sueño recurrente: soñaba a mi abuela, pero esta no me hablaba. En el sueño yo sabía que ella ya no estaba más con nosotros, no me asustaba, pero si me molestaba, más no sabía por qué me causaba malestar. Una noche volví a soñar con ella, me acerque a ella y la tomé de sus manos. Sus manos estaban anormalmente frías, la solté y le dije autoritariamente “vete, tú ya no debes estar aquí, no me molestes más”. Fue la última vez que soñé con “esa abuela”.
He tenido más sueños donde mi abuela está presente, pero ya solo como un recuerdo, y no como alguien que ya ha muerto y vuelve en los sueños.
Nunca me sentí mal por ese sueño de la abuela con manos frías. Esa mujer –la del sueño de la abuela que no hablaba– no era mi abuela, era una recreación mía, pues yo mismo no entendía su ausencia.
Mi abuela –como la define una tía– era una mujer con una gran tradición oral, una mujer inteligente que siempre tenía algo sabio que decir. Era una cuenta cuentos, los inventaba muy bien; y por mucho, era una mujer cálida. El hogar de mi abuela daba la bienvenida a todos e infundía tranquilidad al invitado. Poco se veía TV y casi no se escuchaba la radio, se leía mucho y se charlaba más. Y vaya que se comía bien en su casa, huevos de pato o de gallina de su propio corral; una gallina en caldo o un pato en mole; tortillas de maíz o harina de trigo ¡recién hechas!
No recuerdo el año en que nos dejó, para qué. Lo que recuerdo, lo que recuerdo es lo que vale la pena: a la abuela, a la madre que nos enseñó tantas cosas buenas, a la mujer que nos dio felicidad. Recuerdo a mi abuelita Chayo, que ya no está, pero cuando estuvo entregó todo de manera incondicional.